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Capítulo 1:

Me llaman Lucky y esta es mi historia. Nací en los suburbios de Detroit, la ciudad con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos. En los ochenta, ser traficante significaba poder pavonearse frente a las chicas en un Cadillac y, por entonces, no se me ocurría mejor forma de triunfar.
Mi madre ocupaba su día calentando el sofá con estúpidas telenovelas y a mi padre, no lo llegue a conocer. Según me dicen, se pasaba el día en el taxi transportando blanquitos por una mísera propina.

En aquella época éramos los hijos de la contracultura, el rap aparecía en la calles de Detroit como un mensaje revelador. Por entonces parecía una verdadera vocación, un motor de conocimiento para los chicos que no fuimos a la escuela. 2Pac era nuestra religión, vestíamos ropa ancha y nos dividíamos por guetos. Era un mundo pequeño del que, a día de hoy no había conseguido salir.

Mi vida concurria entre las calles y soy lo que cualquier anciana denominaría “un maleante de primera”.
Malvivía con los 600 dólares que el presidente Reagan nos soltaba como pensión más algún que otro recado.

Pronto vendí mi talento a un negrero senil al que llamaban “El Flaco”, fingía ser el propietario de diversos negocios en el barrio pero obtuvo fama y riqueza a merced de una generación de jóvenes marginales a la cual pertenecía. Chicos pobres deseando conocer el sabor del triunfo.

El Flaco era merecedor de su mote. Parecía no tener más que piel negra sobre los huesos. Su cabeza aparecía coronada por una mata rechoncha de pelo gris, llevaba barba sin rasurar de una semana y una feroz cicatriz en la cara.

En mi primer trabajo con “El Flaco” comencé contando dólares en un viejo almacén. Agrupaba los billetes en fajos de mil, se apilaban en una hilera de ataúdes de caoba y, después se los llevaba el coche fúnebre. Legalmente trabajaba en la funeraria de “El Flaco” pero paralelamente estaba encubriendo un negocio ilegal. Aquí es donde comenzó mi historial delictivo.
Con doce años, tenía un agudo sentido de observación desarrollado gracias a los pequeños delitos, poseía un olfato especial para detectar a la policía y pronto me otorgaron el mote de “Lucky”.
A menudo me consideraban el chico indicado para cubrirse las espaldas. Me sentaban en el asiento trasero del coche y pegaba el chivatazo si venían polizontes. Para los chicos era una especie de amuleto.

— Tú quieres colocarte, chico — afirmó Levy con cierta impaciencia

Entonces, apenas entendía la trascendencia que tuvo esta frase en mi vida. Hasta entonces sólo había llevado a cabo un par de hurtos de poca monta.

— Prueba y te ganarás un primer encargo — dijo Levy en tono burlón.

No tenía necesidad ninguna de mezclarme con yonquies pero, sabía que los traficantes hacían el doble de dinero que cualquier ladrón y no temia correr el riesgo. Con tan solo catorce años comenzaría mi etapa de traficante y adicto.

— Ya te he dicho que no he fumado Levy, pero venga, trae — dije esbozando una sonrisa pícara.

Levy era uno de los matones que “El Flaco” siempre tenía pegado al culo. Tenía un prestigioso derechazo y una nueve milímetros en la mano izquierda. Era el brazo ejecutor de la banda, con él no valían amistades ni negociaciones, solo obedecía las ordenes del jefe. Esa lealtad había hecho de Levy la mano derecha de éste.

— Tenemos que llevar este pedido, cógelo del asa, chico — dijo Levy junto a la mercancía.

Teníamos una flota de camionetas y transportábamos la mercancía de noche. La mayor parte de las veces no era necesario ocultarla, a veces nos tocaba sobornar a la policia de Detroit pero, debían la mitad de su sueldo al tráfico de droga. El departamento de policía estaba metido hasta el cuello en el negocio y el jefe se estaba haciendo con la ciudad.

Aquella noche el tráfico era denso en el centro de la ciudad. Sonaba Steve Wonder en la radio y llevábamos la entrega al químico.

El químico era un tipo delgado y tostado como un indio. Tenía un carácter irascible y realmente hostil con los desconocidos. No llegó a acabar sus estudios de química en la universidad pero hacia verdaderas maravillas.

— Hey Químico abre la puerta, te traigo un pastelito — dije mientras apretaba ininterrumpidamente el timbre

— ¡Ya va coño! — gritó con voz ronca

Siempre tardaba en desatrancar la puerta, era un tipo desconfiado, un indeseable para cualquier ciudadano corriente. Entramos en la casa y subimos a la buhardilla. Kilos de cocaina procesados en un laboratorio casero, un espacio pequeño que se convertía en una cocina móvil donde se producían cerca de 20 kilos al día.

— ¡Bienvenidos a mi parque de drogas recreativas! — exclamo “El Químico” con aire extravagante — Debéis estar cansados y hambrientos, probar un poquito —

Levy siempre creyó que “El Químico” era una especie de sociópata, un cabo suelto que la banda utilizaba como cocinero temporal.

— Amigo, atesoraré esto, pronto nos veremos las caras —respondió Levy con cierto desprecio— seguimos con las pautas de entrega, cada lunes a la misma hora, no nos hagas esperar.

— Se han oído ciertos rumores… —replicó en voz baja “El Químico”— un nuevo jefe de policía, un polizonte duro de pelar del Sur. Me puede enmarronar en cualquier momento y con mis antecedentes me cae la perpetua.

— Si no quieres ensuciarte yo me ocupo de que tú quedes al margen — respondió Levy con tono amenazante—

— ¡Vale, vale! solo necesito un par de billetes más, he tenido unos cuantos problemas con el alquiler… — dijo “El Químico” con cierta indignación.

En silencio, “El Químico” entregó los fardos de coca a Levy y, cómo era costumbre, contó su dinero y rápido lo metió en el bolsillo del pantalón.

Una vez salimos de la casa fuimos a ver a Rudy. Un ex militar con un notable historial delictivo y uno de nuestros escuchas.
Sirve copas en un bar próximo a la comisaría
y sabe bien que ciertos policías, cuando van contentos, se sueltan de la lengua.

— ¿Qué te cuentas jefe? — dijo el grandullón de Rudy.

— Aquí de fuego en fuego, ya sabes — respondió Levy cuando exhalaba el humo del cigarro.

— ¿Te sirvo un Whisky para empezar? ¿Y a ti Lucky? — dijo Rudy mientras deslizaba una fotografía sobre la barra.

— ¡Una pinta Rudy! — contesté.

Nos cuesta buena suma de dinero conocer lo que dicen esos cabritos, pero Rudy pasaba la mejor información de la ciudad.

— A pesar de ser inglés eres de fiar — dijo Levy mientras observaba la fotografía.

— Suponía que querríais saber quien os tiene vigilados. Es un hueso duro de roer, un ex teniente de la armada desterrado en el cuerpo de policía de Detroit. Conozco bien la armada y esos tipos son duros como piedras, se dice que ofreció información confidencial a la CÍA, intentaré informarme…

Parece que no hace la vista gorda, los chicos lo califican de callado y desafiante. No confía en nadie y los del departamento están convencidos de que les está investigando.

— Que a esas sabandijas los consideré sus objetivos no es de extrañar pero, si caen ciertas cabezas… nos salpicará. Tendremos que hablar con Billy y soltar un buen pedazo de dinero — dijo Levy mientras observaba su reloj dorado. — vamos chico— me dijo y dimos un último trago antes de marchar.

Billy era uno de los polizontes corruptos del departamento, un agente influyente de la policía estatal. Mientras los federales montan guardia en la zona oeste de la ciudad, nuestras camionetas pasan la mercancía por el sur y los estatales cuelgan sus sombreros de vaqueros gracias a Rocky, eso si, aceptaba una buena mordida por hacer la vista gorda.

— En Detroit la policia sale de los arbustos— dije con cierta indignación.

— Créeme chico, destilo un profundo odio por esa pandilla de hipócritas — respondió Levy mientras conducía.

— Son una especie de matones en nómina de los Estados Unidos, parece que en Detroit no queda un agente decente — respondí.

Salimos a la autopista en dirección a la comisaría del rio Detroit y se hizo un silencio absoluto en el Jeep.

— Con tan solo cinco años me obligaron a contemplar cómo asesinaban a mi hermano, aún recuerdo la expresión de sus ojos y aquel agente apretando el gatillo. Fue como un padre para mi. Nacimos en la familia equivocada, éramos un par de niños inocentes castigados por los pecados de nuestros padres. Se pasaban el día esnifando coca como si les fuera la vida en ello, jamás tuvimos una muestra de afecto. Niños sin escolarizar deambulando por el peor distrito de la ciudad ¿qué podían esperar?, regia la ley de la selva y la única manera de imponerse era comiéndose al más débil. — dijo Levy mientras exhaló un largo suspiro— Pero mi hermano era un adicto a las emociones fuertes y no tardó en meterse en líos. Por entonces se repartía el negocio de la droga entre mexicanos y negratas. La violencia agitaba las calles de un lado a otro, los mexicanos armaban bulla y no dudaban en disparar, eran jóvenes emigrantes acostumbrados al negocio de la droga y arremetían con violencia.

— Jodidos mexicanos — dije en voz baja.

— Las calles de Detroit comenzaban a inundarse de yonkies y camellos y, las madres de los jóvenes adictos se manifestaban frente a la casa del alcalde. Aparecían noticias de tiroteos entre bandas a diario y el gobierno comenzaba a perseguir el narcotráfico. Fue entonces cuando la policía estatal comenzó a mover ficha, los federales y la DEA (Agencia Antidrogas de los Estados Unidos) eran portada en el “New York Times” por la persecución del narcotráfico y, la policia estatal buscaba ponerse una medalla en Detroit. Esta ciudad era la cuna de pequeños traficantes y los polizontes comenzaron a aparecer como una epidemia. Se convirtió en una guerra a tres bandos, donde los estatales derrochaban pólvora sin miramientos — dijo Levy aportando un silencio— pero hay algo más importante que un sueldo cuando este no es suficiente para jugarte la vida…un elevado soborno.
Los mexicanos tenían sus propios guardaespaldas en la policía estatal, su mercancía se transportaba junto con los jeeps de la estatal y pronto comenzaron a superarnos en la carrera por el narcotrafico.

Entonces mi hermano “Jimmy” y “El Flaco” eran los líderes de bandas rivales. Guetos separados cuya única rivalidad suponía llevar una chupa de un color u otro. La irrupción de los mexicanos y sus sobornos policiales unificaron las bandas y el negocio se hizo más fuerte.

Jimmy era un fiel admirador de Muhammad Ali, un negro de Kentucky que había conquistado cuatro veces un título mundial de boxeo. Ídolo indiscutible de centenas de jóvenes negros que aspiraban ser como él y un revolucionario activista por los derechos de los negros. Mi hermano era un lector acérrimo de Marx, siempre fue el negro del gueto con las ideas más brillantes y, se ganó el apodo de “El Martin Luther King de Detroit”. Nunca me iba a la cama sin escuchar uno de sus discursos revolucionarios.
Recién cumplidos mis veintiún años, Jimmy, con tan solo treinta y tres años era el propietario de diferentes locales recreativos de apuestas, licores y drogas. Un negocio complejo e incierto donde a veces tocaba ser hostil.
El domingo 23 de Julio de 1967, en uno de sus locales de la calle 12, entraron un par de polizontes de la estatal con muy mal gesto. Todavía recuerdo la cara a Jimmy aquella noche, conocía de primera mano los sobornos que la estatal aceptaba de los mexicanos y noté como corría el veneno por su sangre. Pude ver un par de pistolas encartuchadas bajo el chaleco de los estatales y como uno de ellos hacia el gesto de desabotonar la funda de su nueve milímetros. Se oyó un primer disparo y en el primer pestañeo vi a Jimmy tendido en el suelo ¡alejaos de las ventanas, es una redada! —dijo uno de los chicos— sentía cómo se clavaban las balas en las botellas de aguardiente al otro lado de la barra, el silbido de los disparos era arrollador y, cuando se hizo el silencio, pude ver cómo acababan de asesinar a sangre fría a cinco de los chicos y a mi hermano Jimmy. De repente la histeria se apoderó de mi y, como un animal enjaulado arremetí a puñetazos contra un coche patrulla.
Fui capturado, lo cual, supuso entrar en prisión, estuve encerrado durante 8 putos años por delitos menores de extorsión, robos y drogas.

— Joder, no tenía idea— dije con aire sorprendido

— “El Flaco” se encargó de todos los locales de mi hermano. Tenía otra visión acerca del negocio, Jimmy era un idealista… buena parte del dinero que entraba en los locales lo destinaba a ayudar a las familias negras de los suburbios. En cambio, las ambiciones del jefe eran distintas, le perdía la ostentación de poder y creyó que lo obtendría contestando con violencia. Durante los meses siguientes se vino una inminente guerra entre bandas, se rumoreaba que los mexicanos habían sobornado a la policia para que dispararan a quemarropa contra Jimmy y, mi hermano se convirtió en un símbolo de lucha. Los jóvenes se familiarizaban con la muerte y las portadas de los periódicos locales relataban los asesinatos como parte de una venganza por lo sucedido con Jimmy, lo llamaron “la resistencia negra”.

— ¡Sensacionalistas de mierda! dije

— Mientras se derramaba sangre entre bandas, la sociedad creía firmemente que los jóvenes negros actuaban por venganza y que su mierda de “sociedad del progreso” peligraba por la delincuencia entre gánsters. Cómo de costumbre, aprovecharon la ocasión para demonizar a los negros, en aquellos años los blanquitos nos consideraban una raza inferior…